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Edición Nº77
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Criticas constructivas

Por Andrea Pierantoni

Aprendamos a no guardar odio dentro de nuestro ser

Y así es. Cuando una persona pierde un buen jefe, un buen amigo, una esposa amorosa, un marido ejemplar, un hijo, un padre, una madre, un hermano o ponga usted señor lector el ejemplo que mejor le convenga, muchas veces no se resigna a haber perdido a ese otro ser humano, porque como dicen por ahí: nadie sabe lo que tiene… hasta que lo pierde. Aunque muchos creen que todos sabemos lo que tenemos pero creemos que nunca lo vamos a perder. De todos modos, imagínese una persona que no sabe ‘desenchufarse de situaciones que atrasan’. Uno de ellos pone punto final al conflicto y cierra el ciclo. Lo hace porque sabe, porque entiende la importancia tan grande que hay en dejar ir esos momentos que han finalizado en nuestras vidas. Hay relaciones laborales que acaban, noviazgos… o por ejemplo, un matrimonio que se disuelve pero uno de los conyugues queda atrapado en ese momento y aunque pasen los años, continúa en el presente, peleando, recordando y hablando de lo mismo, una y cien veces de… lo mismo… y se ‘revuelca’ todos los días, reviviendo el mismo episodio que lo llevó a esa situación, como para entender la razón por la que ocurrió la separación. Existen personas que ni siquiera intentan finalizar con esas situaciones, porque es el alimento diario y hablan tanto de lo mismo, que comienzan a planear hasta como vengarse de ese otro ser humano ‘por lo que me hizo’… negándose a aceptar que siempre que ocurre una discusión que termina en distanciamiento, es por culpa de dos personas, no de una sola. Como dicen por allí: “Si dos no quieren uno solo no puede”. El que ‘no quiere cerrar el capítulo’ lo hace por la incapacidad mental que tiene, para entender que no puede forzar a la otra persona para que permanezca a su lado. De esta forma muchas veces, comienzan también las obsesiones. Personas que en un momento de sus vidas, no le prestaban atención a quien tenían al lado, pero cuando la perdieron… ‘no se resignan a haberla perdido’. Por esa razón, la tienen todo el tiempo en sus mentes, en sus vidas, día tras día. Desayunan pensando en esa persona, almuerzan con las mismas ideas, meriendan, salen de compras, trabajan y van obsesionándose cada más hasta que llegan a un punto tal, que pierden hasta lo poco que les quedaba, porque no tienen mente para atender sus problemas, trabajo, casa, estudios, etc. Dicen que quieren ser mejores seres humanos, pero planean hacerle un daño al otro y con eso lo único que logran, es hacerse un daño enorme ellos mismos, porque van contaminándose con la amargura de todos los días, hasta que llegan a un grado de putrefacción que la dejan aflorar a través de mal carácter, viven engestados, enojados, deprimidos, violentos, nada les parece bien y pierden la concentración en la vida misma y en todas las cosas buenas que se van manifestando diariamente alrededor de estos individuos. No tienen tiempo para apreciar la belleza de todo lo que los rodea, porque ellos luchan por no perder ese círculo de odio, en el que solos se metieron y no quieren salir de allí, para continuar alimentándose de esa maldad que tienen en el corazón. Viven una vida llena de conflictos y pierden la alegría y la satisfacción que trae a nuestras almas, la armonía y el hecho de poder vivir en paz con la sociedad, con quienes nos rodean y con nosotros mismos. La lección es fácil. Aplicar la misma en nuestras vidas también lo es. Solo hace falta abrirnos al mundo y dejar ir ese veneno que algunas personas por razones equivocadas, deciden guardar adentro. Comparen su vida con su casa. Todos los días hay que sacar la basura afuera porque de lo contrario, su casa comenzará a tener mal olor. Si no sabemos sacar afuera ‘la bolsa de basura que tenemos por dentro’, vamos a apestar de la misma manera… que la casa nuestra.

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