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Edición Nº 38
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Recetas para quitarle Arrugas al Alma

Cuando me volví invisible

Por Liliana López

Lo que van a leer a continuación es algo que escribió una anciana y esto pasa muchas veces en nuestro medio. Tenemos que aprender a cuidar y valorar a nuestros viejitos y ojala que todos aquellos que son indiferentes al dolor que, conciente o inconcientemente ocasionan en ellos, al leer esta carta, recuperen la cordura y reflexionen sobre el tema.

“Ya no se en que fecha estamos. En casa no hay calendarios y en mi memoria los hechos se han transformado en una maraña. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, que eran unos primores, ilustrados con imágenes de santos que colgábamos al lado del tocador. Ya no hay nada de eso. Todas las cosas antiguas, han ido desapareciendo… y yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta. Primero me cambiaron la alcoba, pues la familia creció. Después me pasaron a una más pequeña, pero estaba acompañada de mis biznietos. Ahora ocupo el desván, el que está en el patio de atrás de la casa. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó porque siempre están ocupados. Todas las noches por allí, se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos. Desde hace mucho tiempo tenía intención de escribir, pero me pasaba semanas buscando un lápiz y cuando al fin lo encontraba, yo misma volvía a olvidar donde lo había puesto. A mis años, las cosas se pierden fácilmente: claro, no es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque estoy segura de tenerlas, pero siempre desaparecen. La otra tarde caí en cuenta que mi voz también ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan. Todas hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atenta lo que dicen. A veces intervengo en la conversación, segura de que lo que voy a decirles no se les ha ocurrido a ninguno de ellos y que les van a servir de mucho, mis consejos. Pero… no me oyen. No me responden. Entonces, llena de tristeza me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar mi taza de café. Lo hago así de pronto, para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón… pero nadie viene. El otro día les dije que cuando me muera entonces, si me iban a extrañar. Mi nieto más pequeño me dijo: ¿Estas viva abuela? Les cayó tan gracioso que no paraban de reír. Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entró uno de los muchachos a sacar unas llantas y ruedas viejas y ni los buenos días me dio. Fue entonces cuando me convencí que soy invisible, me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme, los niños corren a mí alrededor, de uno a otro lado, sin tropezarse conmigo. Cuando mi yerno se enfermó, pensé tener la oportunidad de serle útil, le llevé un té especial que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara, solo que estaba viendo televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando… y mi corazón con él. Hace poco se alborotaron los niños y me vinieron a decir que al día siguiente iríamos al campo. Me puse tan contenta. ¡Hacía tanto tiempo que no salía… y menos al campo! El sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar las cosas con calma. Los viejos nos tardamos mucho en cualquier cosa, así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban las bolsas y juguetes al carro. Yo ya estaba lista y muy alegre me paré en el zaguán a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en el bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el auto, o porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el bosque. Sentí clarito como mi corazón se encogía y me temblaba la barbilla, como cuando uno se aguanta las ganas para no llorar. Yo los entiendo, ellos si hacen cosas importantes. Ríen, gritan, se abrazan, se besan y yo… yo ya ni se a que saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme el que me daba tenerlos en mis brazos y besarlos y la vida nueva de ellos se me metía en la piel como un soplo. Pero un día, mi nieta Laura que acababa de tener un bebe, dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños por cuestiones de salud. Desde entonces ya no me acerque más a ellos, no fuera que les pasara algo debido a mis imprudencias. De todos modos, yo los quiero, los bendigo y los perdono, porque después de todo: Qué culpa pueden tener ellos de que yo… ¿“me haya vuelto invisible?”

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