Lo mismo que reflejemos… recibiremos…

Por Mercedes Luna
Todos tenemos algo que escondemos muy dentro de nuestro ser y por alguna razón, a veces se cruzan en nuestro camino, personas que son alegres, llenas de vida y optimismo y nos contagian sus energías positivas. Otras veces, por motivos que no entendemos realmente, encontramos en nuestra senda, individuos amargados, que con sus frustraciones opacan la felicidad con la que habíamos iniciado el día. Personas negativas hay en todas partes, pero lo fundamental, es saber batallar con ellos sin permitir que sus malas ondas, nos arruinen el día que tan alegremente habíamos iniciado. Entre todos, tenemos que empezar a cambiar la mentalidad de aquellos, que no han aprendido todavía a transitar por esta vida con las angustias y alegrías típicas que todos los seres humanos tenemos. En mi adolescencia, una de mis profesoras de la escuela secundaria, nos contó una leyenda que quedó grabada por siempre en mi mente y decía que las personas, no somos responsables por la cara que tenemos, sino que somos responsables por la cara que ponemos. Y la leyenda decía más o menos así: Había una vez en un lejano país, una vieja casa abandonada. Un perrito callejero que estaba buscando refugio de una torrencial lluvia veraniega, entró a la vivienda, subió una escalera vieja de madera y cuando estuvo en la planta alta, descubrió una puerta entreabierta. Entró entonces al cuarto y allí encontró a unos cien perritos que estaban guareciéndose del chaparrón y lo observaban del mismo modo que él los observaba a ellos. Inmediatamente, el perrito comenzó a mover la colita y a sonreírles a sus semejantes ladrándoles amigablemente. El perrito se quedó sorprendido cuando vio que los cien perritos le movían la colita y le sonreían ladrándole muy amigablemente. Cuando la tormenta amainó, el perrito salió de la casita pero se dijo a sí mismo: “Que agradable lugar y que hermosos habitantes tiene. Deberé venir más seguido por aquí”. Pasaron los meses, llegó el otoño y otro perrito vagabundo que andaba por allí, quiso descansar del viento otoñal que había en el bosque y encontró refugio en la misma casita abandonada. Entró, subió las escaleras y encontró un cuarto donde había unos cien perritos como él, pero al ver a esos cien perritos, se sintió amenazado ya que lo estaban mirando de la misma manera agresiva que él los observaba. Comenzó entonces a gruñir y luego a ladrar con furia y los cien perritos… le gruñeron y ladraron también. Salió a toda prisa de la casita y prefirió continuar su camino a pesar del frío viento, que quedarse allí un solo minuto más. Cuando se fue, pensó para él mismo: “Que lugar tan desagradable… y que habitantes amargados que tiene… nunca más regresaré a este lugar”. Lo que los perros no habían podido entender porque no sabían leer, era un gran letrero que había en el frente de la casita y que decía: “Esta es la casa de los cien espejos”. La moraleja es, que los rostros de todos los seres humanos de todo el mundo… son espejos y nosotros somos los que decidimos cual rostro llevaremos por dentro y ese será el que mostraremos a cada persona con la cual nos crucemos cada día de nuestra existencia. Nunca hay que olvidar, que el reflejo de nuestros gestos y acciones, serán las cosas que vamos a proyectar en los demás. Las cosas más hermosas de esta vida, son las que se sienten con el corazón, se proyectan a través de un rostro alegre, sonriente y optimista y se reflejan a través de los ojos… que son el espejo… del alma.