Una maestra inolvidable

Por Miriam LauraPoveda
La señora Martha Violante es una maestra muy especial y además, muy querida y respetada por sus alumnos. Ella tiene una manera única para enseñar y aunque es muy recta y estricta los jóvenes aprenden a quererla y admirarla. Por ese motivo, una de sus alumnas, Miriam Laura Poveda nos envió algo titulado: “Es demasiado lindo” y se lo dedica con todo su corazón a la maestra Martha, porque ‘ella siempre nos alienta a ser mejores’, dice. En un momento del relato, los ojos comienzan a aguarse por el tipo de enseñanza que nos deja. Aquí lo compartimos con los lectores de Realidades y felicitamos con todo el corazón, a esas maestras que como Martha Violante, ayudan a educar con ejemplos invaluables, a nuestros hijos.
“Amarte como me amo a mi mismo,
Es buscar oírte como quisiera ser escuchado
Al igual que comprenderte… como quisiera ser comprendido”…
David Augsburger
La Maestra Rodríguez
Su nombre era Señorita Rodríguez. Mientras estuvo al frente de su clase de quinto grado, el primer día de clase lo iniciaba diciendo a los niños una mentira. Como la mayor parte de los educadores, ella miraba a sus alumnos y les decía que a todos los quería por igual, pero eso no era posible por ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento estaba un niño llamado Pepe Sánchez. La señorita Rodríguez había observado a Pepe desde el año anterior y había notado que él no jugaba muy bien con otros niños, su ropa estaba muy descuidada y constantemente necesitaba darse un buen baño. Pepe comenzaba a ser un tanto desagradable.
Llegó el momento en que la señorita Rodríguez, disfrutaba al marcar los trabajos de Pepe con un plumón rojo, haciendo una gran X y colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas. En la escuela donde trabajaba la señorita Rodríguez, se requería revisar el historial de cada niño, pero ella dejó el expediente de Pepe para el final. Cuando ella revisó su expediente, se llevó una gran sorpresa. La profesora de primer grado había escrito: “Pepe es un niño brillante, con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales… es un placer tenerlo cerca”. Su profesora de segundo grado escribió: “Pepe es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil”. La de tercer grado escribió: “Su madre ha muerto.
Debe ser muy duro para él. Aunque trata de hacer lo mejor, su esfuerzo no es suficiente. No mejora mucho porque su padre, no muestra interés y el ambiente en su casa le afectará pronto si no se toman ciertas medidas”. La profesora de cuarto grado escribió: “Pepe se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en la clase. Ahora la señorita Rodríguez se había dado cuenta del problema y estaba apenada con ella misma y comenzó a sentirse peor, cuando sus alumnos le llevaron sus regalos de navidad envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto el de Pepe. Su regalo estaba mal envuelto, con un papel amarillento que él había tomado de una bolsa de papel. A la señorita Rodríguez le dio pánico abrir ese regalo en medio de los otros presentes. Algunos niños, comenzaron a reír cuando ella encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con solo un cuarto en su contenido. Ella detuvo las burlas de los chicos, al exclamar lo precioso que era el brazalete mientras se lo probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca.
Era el mejor regalo que le habían hecho los niños en toda su vida profesional. Pepe se quedó ese día al final de la clase el tiempo suficiente para decir: “Señorita Rodríguez, el día de hoy usted huele como solía oler mi mamá”. Después que el niño se fue, ella lloró por lo menos una hora. Desde ese día, ella dejó menos horas en enseñarles a los chicos aritmética, a leer y a escribir. En lugar de eso, comenzó a educar a los niños. La señorita Rodríguez, puso especial atención en Pepe. Conforme comenzó a trabajar con él, su cerebro comenzó a revivir. Mientras más lo apoyaba, él respondía más rápido. Para finales del ciclo escolar, Pepe se había convertido en uno de los niños aplicados de la clase y muy a pesar de su mentira, de que quería a todos sus alumnos por igual, Pepe se convirtió en uno de los consentidos de la maestra. Un año después, ella encontró una nota debajo de su puerta.
Era de Pepe, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Seis años después y para la misma fecha, recibió otra nota de Pepe. Ahora escribía diciéndole que había terminado la selectividad, siendo el tercero de su clase y que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida. Cuatro años después, recibió otra carta que decía que en ocasiones las cosas estuvieron difíciles, pero se mantuvo en la universidad y pronto se graduaría con los más altos honores. El le reiteró a la señorita Rodríguez que seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida… y que era su favorita. Cuatro años después, recibió otra carta.
En esta ocasión le explicaba que después de que finalizó su carrera, decidió viajar un poco. En la carta le explicaba que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido y su favorita. Ahora su nombre se había alargado un poco, la carta estaba firmada por José Sánchez, doctor en medicina. La historia no termina aquí, existe una carta más que leer. Pepe decía ahora que había conocido una chica con la cual se iba a casar. Explicaba que su padre había muerto hacía un par de años y le preguntaba a la señorita Rodríguez si le gustaría ocupar en su boda el lugar que usualmente es reservado para la madre del novio y por supuesto, que la señorita Rodríguez aceptó y adivinen… Ella llegó usando el viejo brazalete y se aseguró de usar el perfume que Pepe recordaba que usó su madre la última Navidad que pasaron juntos. Se dieron un prolongado y amoroso abrazo y el doctor Sánchez le susurró al oído: “Gracias señorita Rodríguez por creer en mí.
Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo puedo hacer la diferencia”. La señorita Rodríguez con lágrimas en los ojos, tomó aire y dijo: “Pepe, te equivocas. Tú fuiste el que me enseñó a mí, que yo puedo hacer la diferencia. No sabía educar hasta que te conocí…
Los amigos son ángeles que nos levantan sobre nuestros pies, cuando nuestras alas tienen problemas para recordar… como volver a volar…