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Edición Nº 27
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Con Sentido Común

Si la meta es pasar por este mundo con dignidad… ¡Todos los días pueden ser de sol!

Por Judith Marti

Dicen que en esta vida, todos llevamos una cruz a cuestas como la que cargo Jesucristo. Algunos se quejan de que ‘la de ellos pesa más’ que la de otros y por esa razón, se acostumbra decir que siempre hay que mirar hacia atrás para comparar el peso de la cruz que carga quien viene detrás nuestro y que, generalmente, la de esa persona es más pesada que la nuestra. También dicen que las cosas ocurren por alguna razón y que no hay que estar discutiendo o preguntando todo el tiempo ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y que debe respetarse aquello de “hágase tu voluntad” porque existe un plan muy bien trazado y en ese plan todo tiene una razón especial para ser como debe ser. De todo esto surgió una reflexión al respecto y es la siguiente: Cuentan que iban un grupo de personas cargando cada uno de ellos una cruz bastante pesada y ninguno dijo nada, hasta que un hombre empezó a renegar de su mala suerte. Decía que el era de estructura pequeña para cargar con tan pesada cruz y que el peso era tan grande que ya no le quedaban fuerzas para seguir llevándola a cuestas.

Entonces, decidió alivianar el peso cortando una porción de la parte de abajo de la cruz. Mientras tanto, todas las otras personas continuaban con la misma cruz que llevaban sin hacer tantos problemas. A las pocas horas, seguía este mismo personaje quejándose y diciendo que estaba la cruz muy pesada y decidió nuevamente cortar otro pedazo de la parte de debajo. También se preguntaba, que cosa tan mala habría hecho él para merecer este tipo de castigo, ya que él era un ser humano común y corriente con defectos y virtudes como todos los demás. Reconocía que había sido egoísta algunas veces, que no había dedicado ni un minuto de su tiempo para ayudar a los demás, que de vez en cuando decía una que otra mentirita ‘blanca’… como tantas otras personas.

En pocas palabras, no creía que por ser ‘como los demás’, merecía llevar una cruz tan pero tan pesada. Siguió entonces mascullando palabras, enojado por el peso de su cruz y preguntándose a cada paso, porque razón las demás personas cargaban con su cruz tan mansamente, sin pronunciar una sola palabra. Nuevamente decidió hacer un alto y cortó otro pedazo de la parte inferior de la cruz y efectivamente, la sintió más liviana y muy contento se puso a tararear una bella canción. De pronto, todos los caminantes con sus cruces, llegaron a una parte del camino, donde existía un abismo, el cual no podía ser cruzado para llegar al lugar destinado.

Entonces, todos los que traían la cruz tal cual les fue colocada en sus espaldas, lentamente se la quitaron y la colocaron a lo largo, utilizándola como un puente a lo largo, para poder cruzar los abismos que los humanos solemos encontrar en nuestros caminos. Pero cuando el hombre de nuestro relato fue a poner la suya, descubrió con terror que era demasiado corta y no pudo cruzar hacia el otro lado. Por esa razón, cualquiera sea tu cruz, cualquiera sea tu razón, cualquiera sea tu dolor, lleva tu cruz con dignidad, porque siempre habrá un resplandor, siempre habrá un atardecer… después de la lluvia. Quizás puedas tropezar, o puedan hacerte tropezar, quizás hasta puedan hacerte caer, pero Dios siempre está listo a responder tu llamada… ¡Para levantarte! Recordemos que después de la lluvia… Dios siempre envía un arco iris. No olvides esperar el tuyo en tu vida…

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