La Familia... Algo más que Costumbres

Por Juan Luna
Por esa razón, cuando mi primer hijo tuvo que empezar la escuela, una alarma sonó muy dentro de mí ser y me prometí no repetir el viejo patrón.
Desde pequeño aprendí que todos los años, al finalizar las vacaciones de verano y comenzar las clases el cambio era grande, doloroso y triste… por todo lo que se avecinaba. Durante las vacaciones, estaba acostumbrado a levantarme un poco más tarde, practicaba deportes sin control (donde se jugaba hasta que no se podía más) y eso se terminaba con el comienzo de clases. Empezaba entonces un tiempo de riguroso control, donde todos los días había cantaletas para que me levantara temprano, el cambio de ideas con el tema de que ropa me iba a poner (siempre cinco minutos antes de salir de casa) y las famosas tareas, las cuales detestaba porque sencillamente me mortificaba todo lo que esos deberes implicaban, como la seriedad y severidad de mi padre cuando no entendía algo. Esto que acabo de relatarles, son mis memorias (hasta el día de hoy) sobre mi infancia, de mis tiempos de estudio y siempre sentí un sabor amargo por algo que podría haber sido distinto… que tendría que haber sido distinto. Pero no lo fue por la manera en que me criaron. Por esa razón, cuando mi primer hijo tuvo que empezar la escuela, una alarma sonó muy dentro de mí ser y me prometí no repetir el viejo patrón.
Para eso, cuando el niño traía sus tareas para terminar en casa, me propuse el tiempo de los deberes en algo malo de recordar, sino en un agradable momento.
Para empezar, me hice parte de mis hijos, sin dejar de ser el padre al que tenían que respetar. Les pedía que me enseñaran y ellos actuaban conmigo como si yo hubiese sido un estudiante más. Pero a la misma vez, ellos tenían que entender lo que me estaban diciendo, porque sino yo les seguía haciendo preguntas en las cosas en que ellos no estaban muy seguros… en lo que estaban flojos. Al final de la sesión, cuando ellos lo entendían y lo habían memorizado, yo me empezaba a dar por enterado, hasta que al poco rato, entre risas por “lo lento que yo era”, recogíamos las cosas y nos poníamos a escuchar música y tratar de entonar algunas canciones juntos. Ellos me ‘explicaban’ las letras de las canciones y podía ver como influenciaban en sus mentecitas tan llenas de inocencia. Entonces elegíamos las que eran más positivas, o las cómicas y nos reíamos juntos, o nos ahogaba el llanto con otras. En fin, cantábamos de todo y las estudiábamos para poder entender el mensaje que el autor quería transmitir. Era el tiempo aquél en que los compositores, componían temas maravillosos que dejaban siempre una enseñanza.
Llegó después el tiempo de la universidad y algunas veces me quedaba sin dormir para ayudarles a terminar algún proyecto, o les tenía que tomar las lecciones, “salteando las preguntas”, hasta que todo estuviera bien. Una vez, el varón me explicó “trigonometría” y en la mitad de la explicación, me dijo: ¡Ah!, ya lo entendí. Luego Se dio vuelta y se puso a terminar la tarea. Debo confesar que yo aún, no lo entendí del todo.
Siempre tratamos que fuera un tiempo entre amigo, entre compañeros, que fuera algo con lo que teníamos que vencer para seguir al siguiente nivel.
Las tareas escolares no eran una mortificación para mis hijos, sino un momento en que ‘ellos se sentían importantes’ porque podían enseñarle cosas a su padre. Existía el respeto pero a la vez éramos buenos amigos. De esa manera me enteraba si sabían o no sabían, si habían comprendido bien o necesitaban ayuda extra. Tanto para ellos como para mí, el tiempo de las tareas fue siempre un momento grato… por lo que venía después.
Mis hijos crecieron, se casaron y comenzaron sus vidas lejos de nuestra casa. Sin embargo, aún nos mandamos correos electrónicos con alguna canción nueva (de las que todavía quedan) y que nos gusta analizar juntos y créanlo o no, todavía tratan de “enseñarme” cosas, como cuando eran niños.
Cuando nos reunimos y empezamos a recordar eventos del pasado y llegamos a las anécdotas familiares, siempre sale a relucir, la alegría del momento que compartíamos en el tiempo dedicado a las tareas escolares.