Arte y Talento

Por Ignacio Tanquía
Un retrato debe mostrar no solo la belleza externa, o el glamour y la elegancia de una persona, sino que el fotógrafo debe saber captar con su cámara, la belleza interna, el carisma, la ternura, la inocencia, la tristeza y alegría que los seres humanos tenemos dentro y transmitir todo este conjunto de sentimientos, en una fotografía…
Daniel Jiménez Aristizabal, lleva realmente el arte en sus venas. Cuando estuvimos en su estudio para realizarle esta nota, comenzó diciéndonos que cuando asistía a los talleres de fotografías en su Colombia natal, descubrió que era muy inquieto y curioso con las imágenes y el color. Daniel es un hombre muy sensible y transmite algo especial a los demás cuando explica que, si tuviera que definir en que posición se encuentra más cómodo como fotógrafo, responde inmediatamente: fotografiando la naturaleza. Le fascina el campo, los lugares apartados del planeta y le apasiona la imagen del campesino, de la gente que ama y cuida la tierra. Poder captar con su cámara la lluvia, un amanecer o atardecer en el campo sobre ríos y montañas, observarlo y dejar ese tipo de momentos plasmados en una fotografía, es como una bendición para él.
Daniel Jiménez Arisizabal, estuvo radicado en Europa por muchos años y tuvo la oportunidad de observar el paisaje citadino como parques, diferentes construcciones, iglesias, museos, etc. Se impregnó entonces de la cultura y elegancia de las diferentes ciudades europeas que fotografiaba y luego de convivir y estudiar la moda (tanto en diseño como confección) realizó un cambio, cuando regresó a su natal terruño. Según su propio concepto, Daniel encuentra hermoso el campo de nuestros países porque dice que, se puede hacer más arte fotográfico al compenetrarse con el paisaje ya que el contraste de matices de colores que se encuentra en los cielos, en los mares y las montañas, hacen el marco perfecto para lograr captar maravillosas fotografías.
Inquieto por conocer lugares nuevos, sintió la necesidad de visitar el “país del cual todos hablan” y llegó a New York con su cámara dispuesto a captar y explorar las maravillas de la “capital del mundo”. Lógicamente no existían ya esas aves exóticas, ni los cambios climáticos ni la topografía a la que él estaba acostumbrado. Ese escenario cambió por completo a los colores de una ciudad saturada de gente, de autos y donde sus edificios muestran la contaminación visual en cada fotografía.

Si nos detenemos en Times Square, explicó, podemos ver por diferentes fotógrafos… la misma fotografía. Casi siempre son fotos iguales, repetidas… colores, luces y transeúntes. Grandes despliegues publicitarios en todas las estaciones, con la variante que en verano es más brillante y en invierno bañado con niebla y matices oscuros… afortunadamente en la época navideña recobra brillo, luz, espíritu y atmósfera por las festividades, pero es una ciudad hermosa muy luminosa, pero sin variantes.
Después de trabajar para algunos estudios en Manhattan, donde lo que hacía era el portarretrato familiar, novias, quinceañeras y bebes, supo lo que tenía que empezar a hacer y era el trabajo de estudio (lo que en Europa se denomina trabajo de galería) que es justamente a lo que se dedica en la actualidad.
Un retrato debe mostrar no solo la belleza externa, o el glamour y la elegancia de una persona, sino que el fotógrafo debe saber captar con su cámara, la belleza interna, el carisma, la ternura, la inocencia, la tristeza y alegría que los seres humanos tenemos dentro y transmitir todo este conjunto de sentimientos, en una fotografía.
Según Daniel todos somos bellos en todas las edades y etapas de nuestras vidas. Por esa razón, no acepta el término: “no me gusta fotografiarme porque estoy pasada de años… o pasada de peso”… estos términos para él, carecen de validez. Esto lo tiene siempre presente, porque una vez leyó en el pie de foto de un retrato de una madre madura junto a su hija de unos veinte años que decía: “Es bonito llegar a mayor con gracia, pero porque no hacerlo además, de una manera hermosa”.
